Trabajar no alcanza: una historia contada por canciones argentinas

En Argentina, la música viene narrando el trabajo —y su desgaste— desde hace décadas. De Moris a Marilina Bertoldi, un recorrido por canciones que ponen en tensión la rutina, la precarización y una pregunta cada vez más urgente: ¿Dónde está el respiro?

Texto: Luana Illuminati

Esta nota está sujeta a cualquier tiempo argentino. Escrita en mayo de 2026, puede —y debe— ser aplicada en cualquier año en el que estemos parados. Ojalá no por mucho tiempo más.

En Argentina, entre la última dictadura iniciada en 1976, la recuperación democrática en 1983 y el regreso de políticas neoliberales en los últimos años, surgieron muchísimas canciones que no solo hablan del trabajo como tarea diaria, sino como una construcción social. Una en la que el dinero, casi siempre, queda en el último eslabón. Y en ese último eslabón, casi siempre, estamos lxs mismxs: quienes trabajamos.

En los años 70, Moris (con El Oso) ya lo insinuaba con la historia de un animal encerrado y obligado a hacer piruetas: una metáfora que, aunque pensada para niñxs, hoy se lee de otra manera. La pregunta aparece sola: ¿es posible la libertad dentro del trabajo? El equilibrio parece cada vez más lejano, en un país que muchas veces exige jornadas extensas para apenas sostenerse. Trabajar para vivir o vivir para trabajar deja de ser una pregunta teórica cuando el tiempo propio empieza a desaparecer.

También está la vocación. El deseo. El arte como forma de vida. Cantor de Oficio, popularizada por Mercedes Sosa, pone en palabras esa tensión: elegir lo que se ama no siempre garantiza poder vivir de eso. La pregunta sigue vigente: ¿alcanza con la pasión?

Esa misma idea aparece años después en clave más irónica: seguir la vocación como techo y comida suena más a anhelo que a certeza.

Pero si hay algo que la música argentina entendió rápido es la rutina. Memphis la Blusera lo resume con una escena simple: levantarse, ir a la escuela, después al trabajo. Un recorrido casi automático. Como si la vida estuviera ya escrita: Blues de las 6 y 30, de lunes a ¿viernes?

No es solo una canción: es una estructura que se repite. Escuela, trabajo, cansancio. Y en el medio, cada vez menos margen para elegir. Cada vez menos tiempo para preguntarse si eso que hacemos, realmente, tiene algo que ver con quienes somos. O si simplemente aprendimos a sostener una vida que nunca terminamos de elegir.

¿Acaso el ocio no es igual de importante? ¿Quiénes somos cuando dejamos de trabajar?

En los 90, con el auge del neoliberalismo, la bronca se vuelve más directa. Hermética, por un lado, con Gil Trabajador, habla del empleado como alguien atrapado, entregando su cuerpo por un sueldo que no alcanza. No hay romanticismo ahí, solo desgaste. Un desgaste que no es individual, sino estructural: no es que no alcanza, es que está pensado para que no alcance.

Pero además de ser bronca, era contexto. Privatizaciones, ajuste, desempleo, incertidumbre.

Y en esa misma década, el punk también lo grita. Dos Minutos, con su álbum Valentín Alsina, construye una narrativa urbana donde el trabajo aparece como obligación, no como elección. Particularmente en Odio Laburar, el rechazo es claro: trabajar no es realización, es supervivencia.

La crisis social, la represión, la corrupción: todo eso también se filtra. Las Manos de Filippi (y luego Bersuit Vergarabat) lo ponen en palabras directas, mezclando política, desigualdad y violencia en una misma escena que, décadas después, sigue resultando familiar.

Entrados los 2000, la figura del trabajador toma otro cuerpo. En Homero, de Viejas Locas, aparece la rutina del obrero, el cansancio acumulado, pero también algo más: una red mínima de solidaridad que permite sostenerse. No todo está perdido, pero tampoco alcanza.

Esa empatía, sin embargo, hoy parece más difícil de encontrar. En su lugar, aparece algo más áspero: apatía, individualismo, discursos de odio que fragmentan.

Y en ese mismo cambio de época, también aparece el rechazo frontal. Intoxicados, con Espero Que La Vida, lo dice sin rodeos: la idea de no trabajar para nadie ya no es solo deseo, es una forma de resistencia.

Nos refugiamos en canciones que, de alguna manera, nos explican. Que nos contienen. Que nos dicen que esto ya pasó, que esto ya se sintió. Pero también aparece otra pregunta incómoda: ¿dónde están hoy esas canciones?

Entre los 80 y los 2000, abundan relatos crudos sobre la vida trabajadora. Hoy, en cambio, son menos lxs artistas que deciden poner el foco ahí, y las razones sobran: sueldos que no suben, reformas laborales que solo benefician a empleadorxs, humillaciones a jubiladxs que han trabajado toda su vida para hoy no poder pagar un medicamento. En ese contexto, hablar del trabajo deja de ser solo una decisión artística: también es exponerse.

¿De qué forma llegar a fin de mes? ¿Qué tan nocivo es, para la salud, estar pensando constantemente en números, cuentas y deudas? ¿Cuándo es momento de reaccionar? ¿O si todavía queda energía para hacerlo?

Justamente, es donde el problema se vuelve más profundo. No es solo el trabajo: es la dificultad de imaginar algo distinto. La imposibilidad de pensar una vida por fuera de esa lógica.

Marilina Bertoldi, con su álbum Para Quién Trabajás Vol. I, vuelve a poner la pregunta en circulación. No responde, pero incomoda. Y eso alcanza para empezar. Porque volver a hacer la pregunta ya es, en sí mismo, una forma de incomodar.

Eruca Sativa junto a Monsieur Periné (Chacarera del Primer Día) retratan un sueño colectivo: que no falte techo ni tierra. Que la clase obrera siga soñando, aunque sea el hambre quien gobierne, incluso cuando todo empuja en sentido contrario.

Desde Córdoba, Salas Velatorias también insiste (No Es Importante): el trabajo como repetición, como algo que duele más de lo que construye.

El futuro que supimos visualizar, en el que quisimos creer, lejos está de ser algo pragmático. La tangibilidad de una vía de escape, de un respiro entre tanta oferta y demanda laboral, de un descanso entre horas excesivas de trabajos mal pagos: ¿dónde está? ¿Estaremos atados para siempre en esta Argentina distópica? ¿Y el respiro? Tal vez no sea algo que aparece. Tal vez sea algo que hay que construir.

Con lo último de energías, expectativas y uniones que quedaron en el camino, tal vez la mejor canción para repensar el 1° de mayo sea Festejo Sin Patrón, de Duratierra: una fiesta sin roles definidos, sin líderes y con cantos espontáneos.

Niñxs y adultxs moviéndose al ritmo de la música, de un folclore pensado para disfrutar; porque no olvidemos que, dentro de toda la insistencia capitalista, a este país lo sostenemos lxs trabajadorxs. Cansadxs, pero con la convicción de que lo mejor, siempre, está por llegar.

Otras canciones que también abordan el trabajo desde distintos lugares:

https://open.spotify.com/playlist/6jP2wF2HUfq0jKDdoB4USD