«Ni Cosquín ni rock» y los festivales de música
Con cada grilla de cada festival aparecen los comentarios de que “falta” una banda, falta rock o el “ya no es lo que era”. Los festivales de música cambiaron mucho en los últimos años y el rock & roll perdió su lugar en los reflectores internacionales.

Texto: Santiago Mansilla
El festival empezó en la localidad que le da nombre para pasar en 2005 a la Comuna San Roque. En 2010 encontró su lugar en el aeródromo de Santa María de Punilla de donde -hasta hoy- no se movió. Dos años más tarde se sumó a la grilla Calle 13. En la serie de videos de camino a los 20 años del festival, su creador, José Palazzo menciona:
«Decidimos programar a Calle 13. La cantidad de agresiones y puteadas que recibimos en redes sociales porqué estábamos incorporando al reggaeton. Ahí uno se daba el sentido de pertenencia que tiene el rockero (…) Vi como heavy-metals, punks, reggaes y todos los estilos musicales corrían al escenario principal. Fue la primera vez que una banda de otro estilo que no era rock and roll pisaba el escenario de Cosquín”
Con el cambio de localidad y la apertura de géneros que implicó un desplazamiento del rock and roll inició un buen eslogan: no es Cosquín y tampoco es rock. Corto, sintético y usa el nombre del festival para hacerle la contra a nivel simbólico. Por donde lo mires es un buen eslogan.
De ahí en más el festival siguió sumando escenarios temáticos como la carpa alternativa del 2018 en la que hubo batallas de freestyle. En ese momento el freestyle estaba en auge y algunos de los participantes pasaron al escenario principal del 2019. Mejor sería decir los escenarios principales porque ese 2019 marcó un quiebre en la estructura. Ya no estaba el escenario principal y los secundarios temáticos sino que son dos escenarios principales “Norte” y “Sur”. Ahí convivieron Duki con Babasónicos; solo por poner un ejemplo del “les guste o no les guste somos el rock and roll” que dijo Trueno en “Sangría”.
2020, año cero
Casi sin importar de qué temática estés hablando, el 2020 fue un año de quiebre. Para los festivales de música inició una reconversión -en el mejor de los casos- o la desaparición. Los costes de producción se elevaron y muchos no pudieron resistir el corte de flujo económico que fue el parate de (como mínimo) un año. Otro gran efecto pandémico fue como el encierro y la virtualidad propiciaron la atomización del público. Muchos artistas para mucho público pero no el suficiente para coordinar un festival de esa magnitud sin arriesgar demasiado. Esto sumado a la moda que fue el trap y por contraparte el declive de las guitarras eléctricas en la música mainstream daba el cóctel perfecto. Ese Calle 13 del 2012 pasó de ser una banda a la norma y las agresiones por redes, la constante.
El nuevo rock and roll
A la frase de Trueno hay que sumarle algo más. Si el trap (hoy ya no) es el nuevo rock and roll ¿donde queda el rock, donde quedan las bandas? A partir de ahora se pierde cualquier rigor porque todo se va a basar en tweets o comentarios de instagram o facebook. Algún día podemos profundizar en esa crisis de los festivales o como es imposible hablar de “la muerte o no muerte del rock” durante 40 años y no sospechar que, efectivamente, hay una parte del rock que está muerta.
La parte viva es la de la juventud. El rock siempre fue un fenómeno de jóvenes, desde los Beatles hasta Nirvana. Desde los progresivos argentinos de los 70 hasta los rolingas de los 90. En su momento el trap y hoy una nueva generación que retoma la guitarra y que también está en sus 20. Casi siempre son veinteañeros los que movilizan esa parte.
«¿Por que no toca mi banda favorita? «
Generalmente esas “agresiones en redes” de las que habla Palazzo vienen de parte de los fanáticos originarios del festival. En el momento de su fundación ellos estaban en su juventud. Cuando se anuncia la grilla es un gran momento en el que recomiendo entrar a ver los comentarios. Fuera de las agresiones hay mucho de “falta X” y “¿por qué no toca Z?”. La respuesta suele ser que la banda ya no existe, que ya no son tan trascendentes como hace 20 años o que estuvieron en la edición pasada. Eso sin mencionar los casos de los “cancelados” (a veces hasta condenados). Lo constante es que nadie o pocos de esos que reclaman la falta de rocanrol viene acompañada de una falta de renovación.
Otra vez el rock barrial que estaba en auge en la década de inicio del festival. Otra vez el pedido de la misma banda que participó de todas las ediciones del festival. Más preocupante aún es la incapacidad de imaginar que una nueva banda pueda aparecer. Muchas veces esto viene acompañado con una comparación sobre el pasado porque las nuevas bandas no son las viejas bandas, las bandas que disfrutaba en su juventud este fanatico conjetural. Podemos citar al mismísimo Indio Solari la vez que dijo que “hay más información en las urgencias de la juventud que en nuestra experiencia”.
No todo es responsabilidad del público
A esta altura parece que es una defensa a la organización (en parte lo es) pero es más gris. Así como el público podría aportar su parte a la subsistencia de ese rock que tanto añoran también hay una falta de interés de parte del festival por buscar nuevos talentos y una falta de interés de la prensa por darlos a conocer.
En 2024 el estudio 440 organizó la charla “bien de nicho” con el “Gato” Fernandez, ex-encargado de comunicación del festival. En un momento la conversación se desvirtuó y, en lugar de hablar de comunicación y música, se tornó en un debate de “por qué no hay lugar para las nuevas bandas”. Si bien la respuesta no es unívoca, uno de los motivos que mencionó el ex-director fue la no-profesionalización de las bandas.
Repasó un caso, una anécdota, en el que un banda firmó para tocar en seis meses y a los dos, se separaron sin cumplir el compromiso. También hay bandas que parte de su identidad under es negarse a participar de festivales así. Hay un empate entre una escuela que se niega a la renovación del rock y un grupo de bandas de rock y público que no desea participar. Entre eso aparece el rap, el pop, la electrónica y el indie como alternativas posibles para una convocatoria masiva y de alcance internacional.
La actualidad de los festivales
Volvamos a la post-pandemia, 2022, cuando La Mona cerró el escenario en el que tocó Divididos. No solo fue el quiebre en el que el rock and roll dejó de ser el (único) foco. A nivel global los festivales vieron que el piso no era estable y es un efecto que en Córdoba lo vimos con el intento fallido de regreso del Nueva Generación o distintos festivales de menor escala (de unas 7 a 10 bandas) que no lograron sostenerse. En los siguientes años vimos Satellite, Cultura Itinerante o el desembarco de Nuevo Día en Córdoba, en algunos casos no tuvieron la repercusión esperada y simplemente se descontinuaron.
A nivel internacional la cosa no mejora. En la página Music Festival Wizard registran 107 festivales cancelados en 2025 y 89 en 2024, además de unos cuantos más que, sin cancelar, anunciaron que esa edición sería la última. Estamos en agosto del 2026 y ya son 47 los festivales cancelados que esta página registra. Coachella fue noticia en 2025 por “no vender las entradas tan rápido como otros años” (aunque volvieron a hacer un rápido sold-out) (New Industry Focus; 23-9-2026). Si bien este es uno de los festivales más grandes y su “no vender tan rápido” es un sueño para otros festivales, es un síntoma más de la complicada economía festivalera.
La realidad de Córdoba
Esto está siendo escrito desde Córdoba, Argentina, región conocida por su amplia oferta de festivales que van más allá de la lógica comercial. Muchos de los festivales que la provincia ofrece son estatales, sea municipales o provinciales. Esto es importante porque, si bien es importante, el foco no suele estar en la venta de entradas sino en la economía que se mueve a su alrededor. Un ejemplo similar de esta “traición al género” se da en el festival de la Doma y el Folklore. Duki y Lali tocaron en Jesús María y siempre hay grupos que cuestionan la ética de la doma. Quizás las próximas generaciones digan “no hay doma ni es folklore”.
En cuanto a las entradas el informe de Jesús María registra que vendió 230.000 entradas y sostuvo un promedio de 45.000 personas por noche. Cierra mencionando que eso lo consolida como “uno de los principales motores económicos, turísticos y culturales del verano argentino”. El mismo informe habla del impacto hotelero y gastronómico. No se habla de “ganancias” como eje sino del “impacto económico”, es decir, como se movió la economía de los kioscos, restaurantes, los “alojamientos alternativos” (es decir, gente que alquila habitaciones en sus casas, patios para carpas y a esta altura seguro que algún que otro Airbnb). La lógica de cancelaciones de muchos de los festivales internacionales no se aplica linealmente para Córdoba. Esta es una provincia entera que hizo del turismo festivalero una parte de la política estatal. Dejemos esto como un asterisco para desarrollar en otro momento.
Conclusión
Tenemos una crisis de la economía de los festivales a nivel internacional. Tenemos un festival nacional que desde su edición 2012 comenzó un camino hacia otros estilos musicales y también a los fanáticos del rock que aún buscan las bandas que estaban en auge en los 2000. Como ya dije estas bandas no son tan convocantes como antes y, para rematar la ironía, las que sí lo son, sí aparecen en la grilla.
El rock nunca fue un género estable. En Argentina la etiqueta es un problema, en catálogos de “Rock Nacional” aparecen bandas de pop y reggae sin ningún tipo de distinción. En algunos casos aparecen bandas uruguayas pero ese es otro tema. Suena absurdo a esta altura hacer un reclamo de lo que es y no es el rock, más aún hacerle ese reclamo a un festival internacional que (con razón) buscará optimizar más de 100 bandas en un fin de semana con el coste logístico que implica. Sí, efectivamente, este tipo de festivales priorizan la convocatoria por sobre la defensa del rock y, lamentablemente, el rock perdió la capacidad de convocar que tuvo entre los 70 y 2000. Y no, no es culpa del festival.
