Hauntología: el museo de novedades
En 2018 salió “Los Fantasmas de mi Vida” de Mark Fisher, una recopilación de textos sobre la “hauntología” -término que tomó de Jacques Derrida- que es la combinación de “haunt” como idea de algo fantasmal, una presencia y la ontología que es el estudio del ser. La idea detrás de esta palabra es explicar cierta incapacidad de avanzar a la hora de conceptualizar el futuro, hay un “fantasma” del pasado que persigue en el presente y contamina cualquier intención de continuar con el desarrollo de la historia.

Fisher hablaba de política y de filosofía a través de cultura, para ejemplificar la hauntología usó la música:
“Imaginemos qué pasaría si tomáramos cualquier disco lanzado en los últimos años, lo llevamos hacia atrás en el tiempo hasta, digamos, el año 1995, y lo pasamos en la radio. Es difícil pensar que podría causar algún tipo de sobresalto en los oyentes. Al contrario, lo que muy posiblemente chocaría a nuestra audiencia de 1995 es lo reconocible que serían los sonidos para ella: ¿realmente la música va a cambiar tan poco en diecisiete años? Contrastemos esta situación con el súbito cambio de estilos que se produjo entre la década de 1960 y la de 1990: si pudiéramos hacerle escuchar un disco de música jungle de 1993 a alguien en 1989, sonaría como algo tan nuevo que desafiaba a esa persona a repensar lo que la música es o podría ser”
La cultura del siglo XXI es la misma del siglo XX pero en HD y a partir del 2010 con streaming y nube. No hubo muchas exploraciones estéticas, experimentales y creativas como las hubo en los métodos de distribución. También es importante aclarar que Fisher padecía de una severa depresión, no para invalidar su posición sino para entender que casi todos sus textos (sobre todo después del 2008 y la crisis inmobiliaria) estaban permeados de un pesimismo que hace parecer que no hay futuro. Es cierto también que si tomamos su propio párrafo se puede identificar bien cuál es el punto. En los años 50 se empezó a utilizar el término “rock” para referirse a la música de guitarras eléctricas y acá estamos en el 2026 hablando de “post”, “new”, “revival” y otras palabras para añadirle a las categorías inventadas hace cinco décadas.
En argentina en particular el problema se agrava ¿quien no entró a una playlist de “rock nacional” para encontrarse con pop, reggae, ska y hasta cumbia? Más allá del problema de la presunta falta de exploración creativa está el problema de las palabras. La palabra sirve para categorizar y darle forma al mundo en el que vivimos pero a la vez son ese fantasma que hace que nuestra concepción de las cosas ya venga enmarcada.
El rock dejó de ser actitud para ser guitarra eléctrica aunque no sea rebelde. El pop dejó de ser popular para pasar a ser sintetizador, incluso si nadie lo escucha y no es popular, pasaron a ser categorías y lo mejor que se nos ocurrió (o se le ocurrió a la industria) para sacar los “géneros” como categoría de bateas en disquería fue el “mood” de Spotify: música para dormir, para volar, para estar en el colectivo a las 3PM después de un día de trabajo en atención al público por debajo del sueldo mínimo.
Se nos presentan dos caminos
Las dos pastillas de Matrix. La azul que hace del presente un eterno dolor por el pasado: “todo antes era mejor”, “esta banda está buena pero eso ya lo hizo una banda entre los 60 y los 90”, “no hay nada nuevo”. Así hasta fermentar y llegar a ser el nuevo viejo vinagre. Me atrevo a decir que ni siquiera tiene que ver con escuchar o no nueva música, tiene que ver con la capacidad de darle al presente su capacidad de existir y al futuro su potencial. No solo la música murió, ya no hay buenas películas, ya no hay buenos libros, ya no existe una perspectiva política y solo queda esperar que llegue la medianoche en ese reloj de la universidad de Chicago. Triste y aburrido.
La pastilla roja te va a dar nuevas cosas para escuchar, leer y ver. (nota: es irónico hablar de una película de hace 20 años mientras quiero convencerte de que no hace falta caer en el pasado… vamos de nuevo, algo relativamente actual, de este siglo al menos.) En este universo en el que los Vengadores si ganan el panteón de ídolos artísticos existe y ahí los Rolling toman vino con los Beatles; Spinetta y Charly sí sacaron ese disco que solo vio luz en “Rezo por Vos”; hay más músicos pero no puedo dar nombres ni decir que hacen. Acá nadie expondrá intimidades. Ese lugar existe y es accesible para todos, no se cerró en 1999 como quieren hacernos creer.
La entrada a ese panteón exige una buena creación en este plano. Como público creo que tengo un mínimo de derecho al disfrute sin recaer en que llegué tarde para ver a los que, se dice, son grandes artistas. Como persona que, por algún motivo, decide cada día escuchar, de algún modo analizar lo que escucha, que cada día se levanta de la cama para entender porque le gusta lo que le gusta e incluso encontrar la virtud en lo que -en primera instancia- no me apasiona pero puedo llegar a entender a quien podría ir dirigida una canción.
Siendo esa persona me siento en la obligación de tener la capacidad de decirle a los noventeros tres cosas: 1) Escuchen, esto salió en los 2020. Está buenísimo por estos motivos…; 2) No confíen en Bielsa, es bueno para hablar de fútbol pero no confíen; 3) No voten a De la Rúa o sí, si quieren dejarnos a los venideros el símbolo del helicóptero.
Para tener la capacidad de decir algo hay que desarrollarla, básicamente hay que tratar de decirlo (con aciertos y errores). Hay que tener la capacidad de enfrentar un par de ideas al mundo y no quedarse en un trend de videos cortos en los que hay que recomendar a artista X si te gusta artista Y. Si hablamos de la capacidad de hablar y decir algo fue en el Quijote (ese libro que asentó y estandarizó algunas cosas de nuestro lenguaje) que se menciona que las comparaciones son odiosas; cada cosa vale por sus propias características.
El músico brasileño Cazuza escribió en los 80 “veo un museo de grandes novedades” pero había un museo y novedades. Alguien se encargó de que haya algo nuevo y alguien se encargó de recopilar cosas para que tal museo exista y pueda ser apreciado. En el momento en el que alguien decide que algo puede y debe ser expuesto -ni siquiera por ser bueno si no por el simple hecho de existir- otra persona tendrá la posibilidad de apreciarlo. Alguna será espectadora de algo que despreciará y, en el mejor de los casos, tendrá el impulso de hacer algo mejor y así, por movimiento y contramovimiento algo va a ir en una dirección. Puede ir en mala dirección pero hasta eso es más entretenido que mirar al pasado con celos de que no llegaste a él.
Si generacionalmente no somos capaces de mencionar efectivamente, porque nos gusta una canción, banda o álbum sin recurrir a palabras que se usaron para definir a otra obra ¿que dejamos para el resto de aspectos de la vida? También generacionalmente tenemos la costumbre casi maníaca de esperar que los polos suban, que los humanos dejemos de reproducirnos y de gritar que se extinga la humanidad (esto último llegué a oírlo en un escenario en un bar de Córdoba con un público que ovacionaba lo que escuchó). A ocho años del libro de Mark Fisher solamente puedo concluir que el nihilismo y el pesimismo ante el futuro para toda una franja etaria es la más aburrida de las opciones. A los que nacimos y crecimos post 2000 nos deja sin opciones ni motivos; supone hacer nada y solamente esperar a la medianoche. Ni siquiera me parece triste, me parece aburrido.
