La música que quedó en casa

Mientras el streaming sigue dominando la escucha musical, los CDs vuelven a crecer en ventas. Entre recuerdos familiares, colecciones, discos truchos y curaduría personal, una reflexión sobre la nostalgia, la pertenencia y el ritual de elegir música. 

Texto: Luana Illuminati

En Estados Unidos, los CDs están creciendo otra vez. Según las estadísticas publicadas recientemente por la Recording Industry Association of America (RIAA), los ingresos generados por la venta de CDs crecieron un 58,6% durante el primer semestre de 2026. En el mismo período, los ingresos provenientes de las suscripciones de streaming crecieron apenas un 4,7%.

Esto no significa que Spotify está por desaparecer ni que mañana vayamos a volver masivamente a comprar discos compactos. El streaming sigue siendo, por lejos, el principal formato de consumo musical. Pero hay algo llamativo en esos números: un objeto que durante años parecía destinado a desaparecer está volviendo a encontrar su lugar.

Y yo, que crecí rodeada de CDs, no puedo evitar sentir nostalgia.

En mi casa, desde que tengo memoria, siempre hubo un reproductor de música: la computadora de escritorio, un equipo de música propiamente dicho, el reproductor de DVD para el televisor que también aceptaba música, el del auto.

Recuerdo los estuches negros repletos de CDs, tanto originales como truchos, y muchos otros con música descargada por mi mamá y por mí. Era un popurrí. Todavía están en casa, con sus categorías escritas en marcador porque, claro, al ser truchos no tenían su librito de canciones.

Los géneros, como hasta el día de hoy, eran muy variados: salsa, rock nacional, románticos, reggaetón, pop, folclore, cuarteto. Otros eran exclusivamente para escuchar con mi hermana e incluían canciones de Hannah Montana, Bandana, A Todo Ritmo y Floricienta.

De los originales teníamos discos de Alejandro Lerner, Diego Torres, U2, Patricia Sosa, Jorge Rojas, La Quinta Estación, entre otros. También recuerdo que, cuando mis papás se separaron, mi papá empezó a comprar muchos -muchísimos- discos de El Chaqueño Palavecino y Vicentico. De hecho, fueron ellos dos quienes musicalizaron nuestros viajes entre 2011 y 2015. Me atrevo a decir que hasta 2020, incluso.

Me acuerdo de lo divertido que era, cuando llegaba, por ejemplo, la hora de limpiar la casa, elegir un CD de toda la colección y tener a David Bisbal de fondo para ordenar la habitación. También de jugar con mi hermana a ser las protagonistas de alguna serie de Disney del momento y, con solo un clic, convertirnos también en las protagonistas de sus canciones.

Incluso yo, como bailarina, descargaba canciones de árabe para practicar con mi caderín y, si el próximo ensayo era de danzas españolas, eso se escuchaba durante los dos días siguientes.

Más allá de todo lo que generaba el hecho de tener un CD físico, era divertido ir a comprar uno para vos y, con un adulto por lo general, entrar a Ares a elegir y tener el poder de decidir qué temas iban a formar parte de tu próxima selección. Archivos con nombres eternamente largos y de dudosa procedencia llenaban el escritorio de la PC familiar para después ambientar cada espacio de la casa.

Era hacer una curaduría personal y/o familiar para que todxs estuvieran complacidxs: ¿qué canciones entraban y cuáles dejábamos afuera? ¿En qué orden? ¿No pasaba nada si Madonna y Diego Torres quedaban en la misma selección? Era, además, una cultura musical muy doméstica y artesanal, hecha a ojo y según la valoración propia.

Ahora bien, adquirir uno original -y con lo que eso costaba- era otra experiencia, pero igualmente satisfactoria. Acercarse a Musimundo -donde años más tarde, tal vez alrededor de 2011, podías escuchar primero algunas canciones con auriculares para después efectuar la compra-, tardar horas en elegir un CD porque no eran tan accesibles y la selección debía ser acertada, leer sus libritos. Algunos traían cosas extras, como un videoclip o un detrás de escena; incluso algunos venían autografiados o con pósters.

Debería preguntarle a mi mamá, que todavía conserva la colección de CDs casi intacta, pero creo que la última compra musical que hicimos fue el de Violetta. Y lo digo con todo el orgullo del mundo: ¡fue una gran inversión! Sin saberlo, ese día que entramos a Musimundo dimos por terminada una etapa fantástica.

En 2017, ya con la existencia de Spotify pero sin estar tan habituada todavía, también tengo un leve recuerdo de estar en la costa de San Bernardo en familia y comprarle a un hombre un CD con los mejores éxitos del verano 2017.

¡Todos los éxitos en un solo CD!

Por supuesto que lo llevamos. Shakira, Maluma, Jennifer López y CNCO supieron musicalizar aquellos días de vacaciones. 

Y hasta ahí llega mi memoria en cuanto a los discos compactos.

Por eso, en estos días, cuando las estadísticas revelaron que los ingresos por CDs crecieron un 58,6% durante el primer semestre de 2026, la nostalgia fue absoluta.  Aunque también me entró una duda: 

¿Por qué las nuevas generaciones sienten melancolía por una etapa que no vivieron?

Tal vez es sentenciarlas de antemano. Pero ya lo vimos con los auriculares con cable, las modas de ropa, las cámaras digitales y, ahora, los CDs. Una ex-incomodidad que de repente se vuelve atractiva: la posibilidad de tener un objeto, de limitarse a un solo formato, de hacer las cosas un poco menos prácticas.

Porque, de manera completamente objetiva, el CD físico es menos práctico que Spotify o cualquier plataforma de música vía streaming. Además de necesitar el disco, necesitás el reproductor correspondiente y un espacio para guardarlo; tenés que estar en un lugar donde puedas reproducirlo y, como cualquier objeto, puede romperse o dejar de funcionar.

Entonces la conclusión termina siendo que quizás las nuevas generaciones no buscan la experiencia full CD de los 90/2000, sino, más bien, la idea que los CDs representaban.

Por un lado, el hecho de que un disco físico te acompañaba durante años -de hecho, en mi casa siguen estando- porque era todo lo que tenías. Estabas obligadx a escuchar todos los temas, incluso los menos favoritos, y tarde o temprano te aprendías el orden de las diez o quince canciones. El librito también tenía su ritual: abrirlo, leerlo, descubrirlo, observar las fotos que acompañaban al disco, aprenderte las letras de esa única forma.

Es una generación que nació pidiéndole permiso a las pantallas sobre qué ver o escuchar. Entonces acá dejo de sentenciarla para justificarla: si tienen la posibilidad de hacer su propia curaduría artesanal, ¡háganlo! Vivan la experiencia de la nostalgia y de la no-practicidad, armen sus propias colecciones, inviten a sus amigxs a disfrutar del sonido durante al menos 50 minutos.

Inclusive diría que es la oportunidad ideal para descubrir artistas y géneros que tu Spotify jamás te recomendaría porque nunca escuchaste algo similar. Entonces, ¿por qué te lo recomendaría? ¿Acaso querés romper Spotify?

Ahí está parte de la gracia. En un momento en el que tenemos acceso a prácticamente toda la música del mundo, elegir un CD también significa aceptar sus límites. Diez, doce, quince canciones. En un orden determinado. Sin saltar eternamente de una a otra. Sin que un algoritmo aparezca a los treinta segundos para sugerirte qué escuchar después.

Hoy el CD resurge por nostalgia, pero también por permanencia y pertenencia: mi elección, en mi casa, bajo mis criterios.

Una recomendación artesanal

Ya sea que estés por comprar tu primer CD o que, como yo, te atacó la nostalgia luego de leer tanto sobre el tema, decidí pedir recomendaciones. La pregunta fue sencilla: ¿Qué discos tenían en sus casas?

Las respuestas fueron, de manera para nada sorpresiva, bastante más variadas de lo que esperaba. 

Bon Jovi, Compilado Rock Nacional -todos los volúmenes-, Máquina de Sangre de Los Piojos, Peter Punk de Rock Bones, The End de The Black Eyed Peas, Belinda de Belinda, todos los de Los Nocheros, One Direction, High School Musical 2, A las cinco en el Astoria de La Oreja de Van Gogh, Sed de Callejeros, Obsesionario de Tan Biónica, CDs de Maná y Enrique Iglesias, éxitos del verano 2010, Romances de Luis Miguel, Cantora de Mercedes Sosa, SOLEDAD de La Sole, entre varios otros. 

No creo que esta lista sirva para hacer tu próxima colección. Pero sí se puede tomar como recordatorio de que las formas de volver son miles: ¿Por dónde vas a empezar vos? El disco que te hizo escuchar tu papá por primera vez, el que tiene tus hits de Ares, tal vez alguno que te quedaste con ganas de comprar por aquella época.

Mi mamá, un domingo frío de septiembre, me dijo:

“Busqué los CDs viejos y terminé poniendo Patricia Sosa. Se escucha muy bien”.

Luana También escribió: Trabajar no alcanza